Hemos de entender nuestro cuerpo como una “máquina”. Un sistema con una serie de “mecanismos”, “engranajes”, “poleas”, “cables”… tiene su “sistema eléctrico” (sistema nervioso) que transmite la corriente para activar la máquina y la información. Su sistema “hidráulico” (sistema cardiovascular) que abastece de líquido con oxígeno y nutrientes a los tejidos. Y su sistema “mecánico” (sistema músculo-esquelético, tendinoso, fascial, etc.). Tengamos esto en mente (aunque sea una visión muy resumida) para comprender los siguientes planteamientos.

Empezaremos aclarando que, en esta entrada, no tocaremos cuestiones concretas de uno u otro complejo o estructura, sino que abordaremos la idea general del control del movimiento y postura. Cuando hablamos de higiene postural y calidad de movimiento, nos referimos a como de bien colocamos y manipulamos los distintos engranajes, poleas, palancas, etc. de nuestro cuerpo, en comparación con el “modelo ideal” que esta “máquina tiene” respecto a su diseño mecánico.

Tengamos presente que somos organismos dinámicos y la variabilidad individual entre nosotros existe, pero igualmente existe una “norma” general que se podría establecer. En base a esto, tenemos por una parte unas directrices en cuanto a cómo colocarse y/o moverse y por otro una capacidad de variación o modulación de la norma en función de la “maquinaria individual” de cada uno. Sin embargo, es sumamente complicado evaluar de forma real cuanto nos desviamos cada uno de la “norma”. Por tanto, lo ideal sería tratar de movernos lo más cerca de ella posible, dentro de ese rango en el que sabemos que el impacto a la máquina será el mínimo y dejar esos “márgenes individuales” para momentos puntuales y bajo un control supervisado y estudiado.

Si pensamos en postura, nuestro organismo tiene una serie de complejos articulares y estructuras que están diseñadas de forma evolutiva para colocarse de unas formas determinadas. Esto no significa que no tengan la capacidad de salirse de esa “zona de confort”, simplemente hay que pensar que esos usos de nuestro vehículo fuera de lo marcado por el “diseño”, conllevarán un desgaste potencial mayor. Si pensamos en un coche, por ejemplo, podemos dejar nuestro coche aparcado cada día con una rueda sobre el bordillo y no por eso el coche dejará de arrancar a la mañana siguiente, sin embargo, es posible que con el tiempo, el eje sufra daños o se desalinee. Por tanto, volviendo a “nuestra máquina” particular, las posturas fuera de las alineaciones corporales pertinentes, a la larga, provocarán una carga sobre los tejidos que, a medio, largo y/o muy largo plazo, causarán problemas a los distintos materiales de los que estamos compuestos que podrían haberse evitado o procrastinado.

Estamos en la misma situación si hablamos de movimiento. Si volvemos al ejemplo del coche, este puede circular marcha atrás, o alcanzar altas velocidades en relaciones de marchas bajas, pero abusar de ello provocará una serie de daños a la máquina que podrían evitarse si esta se utiliza como marca su “diseño”. El movimiento es una aplicación de fuerzas internas y/o una transformación, absorción o modulación de fuerzas externas. Si esas fuerzas son manipuladas por nuestra máquina conforme al diseño “idóneo”, la carga estructural que sufrirá nuestra máquina será menor que si continuamente solicitamos que los mecanismos trabajen fuera de sus, redundando en el término, “zonas de confort”.

En definitiva, no hay que ser deterministas con normas que atañen a algo tan variable y dinámico como es el cuerpo humano. No es del todo interesante “prohibir” o “determinar” ciertas posturas y/o movimientos. Sin embargo, tenemos “ciencia” que nos cuenta cuál es nuestro diseño, cómo ha de funcionar y cómo se conserva y funciona mejor. Desde luego, lo más inteligente parece tratar de movernos lo más cerca posible de dicha norma y, cómo decíamos antes, minimizar las “desviaciones” o reservarlas para cuando sean verdaderamente necesarias, conociendo siempre sus riesgos, de forma controlada, consciente y si pudiese ser, supervisada.

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